Joseph Kabila, el hombre que moldeó la República Democrática del Congo durante casi dos décadas, ha reaparecido, no como un estadista retirado, sino como una figura acechada que desafía al poder desde las entrañas de la insurrección. Su primera entrevista en años, concedida en mayo de 2025 a 'La Libre' de Bélgica, no fue un acto de nostalgia, sino una declaración de guerra política, pronunciada desde Goma, una ciudad entonces bajo el control del brutal movimiento rebelde M23. Esta elección de escenario, lejos de ser casual, es una provocación calculada, un intento descarado de legitimar a los insurgentes respaldados por Ruanda, justo cuando Kabila enfrenta acusaciones de colaborar con ellos y su inmunidad presidencial ha sido levantada.
El Eco de las Armas en Goma: Un Tablero Geopolítico Incendiario
La decisión de Kabila de hablar desde un bastión del M23 no solo es simbólica, sino profundamente estratégica. Goma, y el este del Congo en general, es un polvorín donde más de siete millones de personas han sido desplazadas por un conflicto que Amnistía Internacional ha documentado con atrocidades como torturas, asesinatos y desapariciones forzadas por parte del M23 en mayo de 2025. La sombra de Ruanda se cierne sobre esta tragedia; un informe confidencial de expertos de la ONU acusó a Kigali de ejercer 'mando y control' sobre los rebeldes, desplegando miles de tropas y proporcionando sistemas militares de alta tecnología. La condena del Consejo de Seguridad de la ONU al apoyo ruandés al M23 subraya la gravedad de la situación. Al presentarse en este epicentro de la violencia, Kabila no solo se alinea con fuerzas desestabilizadoras, sino que parece buscar capitalizar el caos para sus propios fines políticos, en un juego de ajedrez geopolítico que amenaza con engullir a toda la región.
El Espejo Roto del Poder: La Máscara del Pacificador
En su entrevista, Kabila se erigió como un pacificador y unificador, criticando al gobierno del presidente Félix Tshisekedi, al que tildó de 'dictadura' y advirtió sobre una 'sudanesización' del país. Sin embargo, esta narrativa de redentor se desmorona ante el espejo de su propio historial. Durante sus 18 años en el poder, la RDC conoció una represión gubernamental sistemática. Human Rights Watch documentó el asesinato de al menos 66 manifestantes en septiembre de 2016 y numerosos arrestos arbitrarios. Freedom House señaló cómo Kabila pospuso repetidamente las elecciones y se aferró al poder más allá de su mandato constitucional mediante un controvertido fallo judicial, mientras la corrupción era endémica y las libertades civiles estaban severamente restringidas. La imagen de un Kabila preocupado por la tiranía choca brutalmente con la realidad de su propio régimen, un recordatorio de la hipocresía inherente a su actual cruzada.
La Chispa de la Resistencia y el Pacto Quebrado
Quizás el aspecto más alarmante de la entrevista fue la invocación del Artículo 64 de la Constitución congoleña por parte de Kabila, que obliga a los ciudadanos a resistir a cualquier individuo que tome el poder por la fuerza. Al enmarcar esto como un llamado a la movilización para poner fin a la 'tiranía' de Tshisekedi, Kabila no solo emitió una retórica incendiaria en un contexto ya volátil, sino que reveló un intento de mantener el control de facto tras su salida formal del poder. Su queja sobre un supuesto acuerdo secreto de 2019 con la coalición CACH de Tshisekedi, diseñado para asegurar una gobernanza pacífica, y su posterior acusación de que Tshisekedi 'compró' una mayoría parlamentaria, pinta un cuadro de un ex-presidente que se niega a soltar las riendas. Sin embargo, la reelección de Tshisekedi en diciembre de 2023 con más del 70% de los votos, confirmada por el Tribunal Constitucional y reconocida por Bélgica, socava las alegaciones de fraude de Kabila, dejando al ex-mandatario en una posición cada vez más aislada y peligrosa. Su juego, lejos de ser el de un pacificador, es el de un conspirador que busca desestabilizar un país ya frágil, desde la sombra de la rebelión.